Xavier Marín, de 43 años de edad, fue un pescador en la laguna de Sinamaica, en el estado Zulia, al noreste de Venezuela. La última vez que pescó dentro de la laguna fue en 2013: “Me tuve que abrir a la mar, hacia Los Puertos de Altagracia —a unos 65 kilómetros de la laguna— porque ya no había peces. El pez se mete dentro del monte -vegetación- y no se puede sacar”.
Xavier veía cómo el agua de la laguna se reducía. Por temporadas, iba y venía de pueblos aledaños a la laguna. Resistía. Así duró hasta septiembre de 2024, cuando decidió emigrar. “Me salí por completo, pero la casa la dejé en la laguna”. Cruzó la Selva del Darién, entre Colombia y Panamá, para llegar hasta Tapachula en México, donde trabajó como asistente de albañil. Su destino final era Dallas, Texas, en los Estados Unidos. Recorrió más de 5.000 kilómetros. Llegó el 22 de diciembre.
Xavier es bajo y sus brazos musculosos le ayudan a tirar con fuerza las redes al agua. Pero ahora sus manos levantan las llantas que repara en una fábrica.
“La laguna se ha ido secando. Ahora hay que echar más lances. Se agarran entre ocho y diez kilos de pescado (antes podían ser hasta 200). A veces llegas a casa sin nada. ¿Si se sigue secando de qué van a vivir los pescadores?”, se pregunta.
De a ratos, Xavier recuerda la tranquilidad de la laguna, los peces y las aves, “todo lo del monte”. También rememora las tardes de café en casa, frente a sus matas de coco, y los cayucos (las canoas) pasando frente a él. Sus cuatro hijos y su esposa se quedaron en El Moján, un poblado a unos 30 minutos de la laguna.
La laguna de Sinamaica es un pueblo de agua y tiene su origen en el siglo XVIII, documenta un trabajo de investigación de la Universidad del Zulia. “La primera cartografía encontrada data del año 1773, en la que se observan la laguna, la fisonomía de la cuenca y los pueblos de agua. Además, Cronistas de Indias indicaban que durante la segunda mitad del siglo XVIII la costa de la laguna era anegadiza, con muchos eneales y manglares, con caños limpios y abundante pescado y sales”, describen.
En la laguna de Sinamaica se navega y ahora ya se puede caminar. Zonas donde había agua ahora tienen patios que cercan los palafitos con tierra y vegetación. Entre los pobladores locales, una comunidad de indígenas añú y wayuu coinciden en que hay más tierra que agua. No solo ellos lo notan: expertos en biología, geología e ingeniería civil afirman que hay una reducción del espejo de agua, aunque no haya una medición reciente por parte de los gobiernos locales o el nacional.
Para los indígenas añú, quienes junto a otros grupos indígenas bordeaban la cuenca del Lago de Maracaibo, el vínculo con el agua forma parte de su identidad. Morelva Leal, doctora en Antropología y profesora de la Universidad del Zulia, destaca que en la actualidad la pobreza, la falta de acceso a los servicios públicos, el cambio climático y la sedimentación son factores de vulnerabilidad para los añú: “La desaparición de la laguna es una amenaza fuerte. Todos los saberes y vida de los añú están vinculados al agua. Todo el proceso mitológico y cosmogónico son una clave profunda y de peso en la vida de ellos. El agua se convierte en su espacio, sin el cual no se puede vivir”.
La degradación ambiental se ve desde el espacio. Imágenes satelitales de la serie Landsat analizadas por el equipo de periodistas de este especial muestran que el área de la laguna de Sinamaica se ha reducido 59,09 % en los últimos 30 años. Pasó de tener 273,78 hectáreas de “espejo de agua” a tener menos de 112,01 hectáreas de zonas navegables y de pesca.
Factores atribuidos al cambio climático reducen la laguna: la Península de la Guajira, donde se encuentra el cuerpo de agua, se ha convertido en una de las zonas más calientes y áridas de Sudamérica mientras que la deforestación en la cuenca del río Limón, que desemboca en la laguna, aumenta la sedimentación cuando llueve.
La laguna de Sinamaica se ha reducido 59,09 % en los últimos 30 años.
Fuente: Landsat / Proyecto Copérnico, Airbus, Maxar Technologies, Google. Universidad del Zulia. Fecha de la primera imagen: 30/12/1985. Fecha de la segunda imagen: 22/01/2025. Revisión de los datos: Roderick Durán, geógrafo y profesor de Geografía de la Universidad Central de Venezuela.
Xavier recuerda que cuando tenía 11 años se podían atrapar unos 200 kilos de pescado lanzando solo una vez la red a la laguna. No sabe por qué sus padres eligieron ese lugar como su nuevo hogar; pero iban con la ilusión de vivir sobre aguas profundas, caudales amplios, paisajes verdes y muchos peces.
Pescar fue lo primero que aprendió. Le enseñó su padre, quien le decía que no hiciera ruido para no ahuyentar a los peces. Entonces él tomaba el chinchorro y las redes, las tiraba “suavecito” y, de a poco, hacía el círculo para encerrarlos. En segundos, ya tenía una carga.
La reducción de la pesca llevó a la reducción de la población humana. El gobierno nacional no emite un censo desde el año 2011, cuando se contabilizaron 13.951 personas en la parroquia Sinamaica. Aunque no hay cifras oficiales que den cuenta de la cantidad de desplazados en la laguna, entre los testimonios de sus habitantes resuena “una migración silenciosa”.
La maestra Norbely Paz, indígena añú de 51 años, tiene dos sillas en el porche de su casa. Viste una bata negra con estampados de flores blancas. Sentada, mirando al frente, señala los sectores de la laguna llamados Caño Bendito y El Barro y dice: “Quedan pocos pobladores”. La laguna de Sinamaica en total tiene 17 sectores, su figura político administrativa es: estado Zulia, municipio Guajira, parroquia Sinamica, laguna de Sinamaica y sus 17 sectores.
Según el último censo realizado por el Consejo Comunal de Puerto Cuervito, uno de los sectores de la laguna de Sinamaica, en septiembre de 2024, solo en la laguna viven 8.001 habitantes, agrupados en 3.019 familias añú y wayuu.
Solo en la comunidad de El Barro hay 426 familias, de las cuales el 60 % (256 familias) afirma que al menos un miembro sale durante más de tres semanas de la laguna para poder pescar. Los pescadores van en autobuses hacia Santa Rita, Potrerito y la Cañada de Urdaneta, comunidades que están ubicadas a unos 100 kilómetros por carretera al sur de la laguna. Otro 30 % de los encuestados (128 familias) se ha ido por completo.
En un palafito suelen vivir varias familias. Cuando los líderes comunitarios hacen los censos, quienes quedan dan razón de los que ya no están. En otros casos, las casas están solas, queda al menos un familiar o suelen regresar para “vigilar” la vivienda y se vuelven a ir.
“Han tenido que irse a otros lugares fuera de la laguna. Hay unos que duran afuera un mes, vienen una semana y se vuelven a ir. Otros se llevan a su familia entera porque tienen más oportunidades de sustento que aquí”, contó Zaudibí Conrado, líder comunitaria de El Barro.
Algunos se han ido a Maracaibo, capital del estado Zulia; otros, como Xavier, se han ido del país. “Casi siempre vuelven a finales de año a compartir con otros familiares y se vuelven a ir”, comenta Conrado.
El cambio climático y la acción antrópica —por la deforestación de la cuenca— han acelerado la erosión del suelo y el proceso de sedimentación en la laguna. Antonio De Lisio, geógrafo y coordinador de la Alianza para la Acción Climática, explicó que las zonas altas están colmatadas, lo que indica que las depresiones naturales han sido rellenadas por materiales sólidos arrastrados.
Este escenario provoca que el sedimento grueso se traslade hacia la laguna. Es sedimento que viene del principal caudal que la alimenta: el río El Limón, cuyas aguas recorren el sector noroeste del estado Zulia, que a su vez se forma por la unión de los ríos Guasare y Socuy. Estos desembocan en la bahía de El Tablazo, un estuario en el mar Caribe.
La explotación de la mina de carbón en la zona del Guasare, la agricultura y la ganadería, provocan la deforestación de extensas superficies de tierra que, con los periodos de lluvia, facilita la erosión del suelo y disminuye su cubierta vegetal. “Eso ha hecho que, a lo largo de los años, la laguna haya perdido mucha profundidad”, aseveró José Elí Rincón, coordinador del Laboratorio de Contaminación Acuática y Ecología Fluvial de la Universidad del Zulia.
Las condiciones ambientales han sido determinantes en este movimiento migratorio que comenzaron a notar en el 2022. “Fue el boom de la Cañada de Urdaneta”, dijo Conrado, “no había trabajo, los peces estaban escasos, los pescadores se fueron y ahí se quedaron. Eso se llevó al 30 % de las familias del sector El Barro”.
Rincón explica que en los periodos de mayor sequía es posible que aumente en la laguna la cantidad de islas de terrenos que ya fueron registradas por el Satélite Internacional Copernicus el 15 diciembre de 2024. También sostuvo que el transporte de sedimentos por la deforestación de la cuenca del río El Limón, el aumento de la aridez y de las lluvias intensas en la zona contribuyen al crecimiento de islas en medio de la laguna. Estas islas reducen el espacio donde antes había agua, lo que impide la navegación y la pesca. En resumen: la laguna se hace «más pequeña».
“Estamos ante un riesgo importante. El cambio climático en el país va a afectar de manera particular la zona norte costera, donde está la laguna”, opinó Rincón. “Si tenemos una condición de cambio climático, donde las sequías se van a prolongar, las temperaturas se van a intensificar, eso afecta indudablemente las condiciones de la laguna”.
Aunque la tendencia es que llueva menos en la región donde está la Laguna de Sinamaica, será con mayor intensidad por el efecto del cambio climático en la zona, según las proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Para De Lisio, debido a la situación de cambio climático y el aumento de las lluvias, el arrastre de sedimento del río El Limón y sus tributarios va a ser mayor, incluso, “lo que antes se queda depositado aguas arriba, el río va tener la suficiente fuerza para llevarlo aguas abajo”.
Hay pobladores que ya no reconocen a su laguna. Antonio Benito Paz, un lanchero de 72 años de edad, cuenta que el piso de su casa ya está parejo con la tierra. Camina unos cuantos metros para llegar al agua. No siempre fue así. Recuerda que tenía una vara de cinco metros que al meterla al agua se perdía. Ahora su lancha se atasca al navegar.
“Eso está vuelto tierra”, dijo Luis Navas de 85 años de edad, “cuánta sedimentación se ha acumulado en el invierno, todo llega a la laguna como si fuera una tubería. Ese es el problema que nos ha hecho salir de allá”. Desde hace tres años, Luis vive con su hija en El Moján. Se dedicó a la pesca en la época en que “había buena profundidad para los peces”.
Pero al igual que Xavier Marín, Luis también tuvo que ir a la Costa Oriental del Lago de Maracaibo, a unos 93 kilómetros de la laguna, “porque ya la pesca no rendía para sobrevivir”.
Dejó de pescar en 1979, en ese tiempo ya se empezaba a notar una reducción en la laguna como consecuencia del cambio climático, aunque para la época no se hablara del tema. Luis aceptó entonces trabajar como transporte escolar en las comunidades alrededor de la laguna.
Estudios de hace al menos 50 años marcaron las dos primeras alertas. En 1972 el entonces ministro de Obras Públicas, Rafael Martínez Monro, solicitó al Departamento de Sedimentología de la División de Hidrología de su despacho, un proyecto hidrosedimentológico para evaluar los problemas de la evolución y pérdida de la extensión de la laguna de Sinamaica. Solo se concretó la construcción de un dique, contó el ingeniero, geólogo y profesor jubilado de la Universidad Central de Venezuela, David Pérez Hernández, quien participó en el proyecto.
En el segundo gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez (1989-1993), Luis Navas fue uno de los miembros del Movimiento Cultural Parauja que solicitó en 1990 un dragado en la zona, pero “las descargas de sedimento la hicieron dentro de la laguna”, lamenta. Para entonces, recuerda que cada invierno traía un importante arrastre de material sólido que desembocaba en el agua.
En esos años, Incostas —empresa privada de soluciones de ingeniería y construcción en las áreas de costas venezolanas— descubrió un proceso de sedimentación atípico: hasta 1982 la tasa de sedimentación fue de 4.500 metros cúbicos al año; a partir de ese momento, se ubicó en el orden de los 65.000 metros cúbicos, es decir, unas quince veces más. En paralelo, la reducción del espejo de agua entre 1982 y 1990 fue de 40%. Estas cifras fueron citadas en un trabajo realizado por investigadores de la Universidad del Zulia. Aunque se solicitó el proyecto original a Juan Bautista Font, actual presidente de Incostas, no fue posible acceder al documento por motivos logísticos de la fuente.
En entrevista, Font aclaró que las cifras disponibles no provienen de mediciones directas del movimiento de sedimentos, sino de estimaciones hechas a partir del área cubierta por sedimentos en la laguna. En ese entonces, los cálculos se realizaron utilizando fotografías aéreas y proyecciones del espesor del material acumulado. Estos datos sirven para contextualizar los inicios del proceso de sedimentación en la laguna.
Hoy en día, Font advierte sobre el deterioro de la laguna: “Hay zonas que todavía tienen una superficie y se ven como laguna. Pero, desde el punto de vista hidráulico, eso ya es una malla de caños”.
“Me ha costado mucho salir de la laguna. A veces sueño que llego con la lancha a los palafitos. Aquí [en El Moján] me siento desolado”, dice Luis.
La maestra Norbely recuerda que la vinculación con el agua es parte del ser añú, de sus orígenes: “Somos gente de agua, pero la laguna se está volviendo un potrero”. Aunque ya hace muchos años que no nada, al ver la laguna, recuerda cuando mojaba sus cabellos, ahora blancos, en el agua. Pero su pensamiento está en irse, tiene miedo de quedar atrapada por el sedimento y quiere que su hijo estudie en la universidad.
Los testimonios sobre la laguna son una añoranza: “Hace nueve años todo esto era agua”, recuerda Félix Guerrero, director de la escuela Nelly Margarita, mientras señala el frente de su casa. “La velocidad en la que se está sedimentando es muy alta”, alerta Rincón.
Desde el Consejo Comunal de Puerto Cuervito han dirigido 10 cartas al Ministerio de Ecosocialismo, no precisan en qué periodo, solicitando la intervención del gobierno. Gabriela Báez, líder comunitaria del sector, indicó que el último dragado fue en 2004: “Lo hicieron mal, no tomaron en cuenta la experiencia del pueblo. Echaron el lodo de lado a lado. Ahora ese barro sale con más fuerza. Tampoco tenemos un plan de recolección de residuos, todo va a dar al agua. Por el sedimento, pronto andaremos en bicicletas en vez de lanchas”.
Quienes se quedan en Sinamaica desafían los efectos del cambio climático en la laguna. Álvaro Nava, un pescador de 31 años de edad, sale a pescar a diario en una faena que va desde las 9:00 p.m. hasta las 4:00 a.m. “Antes se nos presentaba la bendición temprano”, recuerda, “pero ya el pez no agarra chinchorro, salen menos porque falta el agua”.
Randi Guerrero, biólogo, profesor de la Universidad del Zulia y experto en ecosistemas acuáticos, dice que la carga de sedimento está afectando a los recursos pesqueros. Solo las especies que logren adaptarse a las bajas concentraciones de oxígeno van a sobrevivir.
“Hay especies que pueden vivir con muy baja cantidad de oxígeno, pero son muy pocas, sobre todo, invertebrados como la familia de quironómidos. Los peces requieren al menos 4 miligramos por litro. Lo ideal sería tener entre 7 y 8 miligramos por litro, que sería un 100 % de oxigenación del agua”, explica Rincón.
Un estudio de laboratorio del profesor Rincón en 2010 estima una concentración de oxígeno de dos miligramos por litro en la laguna de Sinamaica. Aunque desde entonces no hay nuevas mediciones, en estas zonas se concentran microorganismos, bacterias coliformes fecales y totales, lo que califica como un cuerpo de agua contaminado por aguas residuales y que provoca la disminución de oxígeno disuelto.
Cuando Álvaro comenzó a pescar podía pasar de tres días a una semana sin volver a las ciénagas. Ahora se pesca menos, requiere más tiempo y cada vez va más lejos de la laguna.
“No sabemos cómo está la situación hoy en día. La explotación ha continuado y la zona está mucho más deforestada”, indica Rincón.
Especialistas coinciden en la necesidad de reforestar la cuenca del río El Limón con vegetación que sirva de cobertura del suelo. “Cuando el suelo está desnudo, ahí hay erosión. Tiene que haber verdor para evitarlo”, sostiene Randi Guerrero. Por otra parte, De Lisio propone el uso de ingeniería ecológica que permita “medidas adaptativas a las condiciones que están magnificadas por el cambio climático”.
“Añú quiere decir hijos de las aguas, no precisamente hijos de la sedimentación, eso está acabando con una forma de vida”, concluyó De Lisio.
Información satelital procesada y analizada por el equipo de datos de esta investigación.